Han pasado algunas semanas desde la partida de Adrián Stagi y, aun así,
su ausencia sigue apareciendo de formas difíciles de explicar. En
conversaciones en las que mencionan su nombre una y otra vez. En rutas del
campo que ya no se recorren igual. En reuniones donde alguien inevitablemente
recuerda una frase suya, una observación aguda o un comentario cargado de ese
humor sarcástico y brillante que parecía surgir siempre en el momento idóneo.
A veces no hace falta conocer a una persona durante décadas para
entender algo esencial sobre quién era. A veces bastan unas horas compartidas
en carretera, conversando entre mates.
El año pasado, durante una visita a Uruguay para recorrer distintos
campos vinculados a la Alianza del Pastizal, Adrián decidió dedicar varios días
completos a acompañarme personalmente. No era un gesto menor. Entre caminos
rurales, conversaciones largas y paradas constantes para observar aves, campos
y realidades, fui entendiendo algo que después escucharía repetirse en muchas
otras voces: Adrián no solo conocía profundamente los pastizales. Había
construido una manera de habitarlos, explicarlos y hacer que otros pudieran conectar
con ellos.
Manejaba señalando especies a la distancia con la naturalidad de quien
conversa con un paisaje familiar. Hablaba de productores, conservación, aves,
política, comida, historia local y manejo del campo natural como parte de una
misma conversación. No parecía alguien que estuviera “visitando” el campo. Parecía
alguien profundamente integrado en esas relaciones.
Quizás eso explica por qué tanta gente lo recuerda hoy con tanto cariño desde
contextos tan distintos.
Biólogo de formación, referente de Aves Uruguay e impulsor clave de la
Alianza del Pastizal en Uruguay, Adrián dedicó gran parte de su vida a conectar
personas, especies, producción y conservación en un mismo horizonte. Fue director
ejecutivo de Aves Uruguay y también asumió responsabilidades en la gestión
pública departamental en Río Negro, donde su trabajo ambiental trascendió
ampliamente el ámbito institucional. Medios uruguayos lo recordaron como una de
las voces más activas del país en la conservación de la biodiversidad, el
aviturismo y la protección de los pastizales naturales.
Desde Aves Uruguay impulsó proyectos vinculados al cuidado de los campos
naturales, la producción sustentable, la observación de aves y el turismo de
naturaleza. También promovió acciones contra el tráfico de aves en zonas
fronterizas, acuerdos de cooperación con actores privados y espacios de
articulación con productores, investigadores y organizaciones ambientales.
Sin embargo, reducir su legado a una lista de cargos o proyectos sería
insuficiente.
Muchas personas no lo describen solo como biólogo o un conservacionista.
Describen a un embajador del campo: alguien capaz de ayudar a otros a entender
que los pastizales no son solo biodiversidad, producción o paisaje. Son también
cultura, vínculos, conocimiento, memoria, economía, aves, ganado, familias,
decisiones cotidianas y una forma concreta de vivir.
Adrián podía moverse entre organizaciones, instituciones públicas,
productores rurales, científicos, turistas, observadores de aves y comunidades
locales sin perder autenticidad en ninguno de esos espacios. En Uruguay, un
país donde las distancias humanas suelen ser más cortas, eso se sentía
especialmente evidente. Era recibido como alguien cercano. Alguien que llegaba
a una casa y se sentaba a la mesa como un amigo de toda la vida. Alguien que
conversaba sobre biodiversidad con la misma naturalidad con la que hablaba de
la vida cotidiana, de un buen vino, de los desafíos del país o de las tensiones
propias de sostener la conservación en América Latina.
Su familia más cercana incluía a su madre y a su hermano. No obstante, con
los años, Adrián también fue construyendo una familia escogida: amigos,
colegas, productores, compañeros de ruta y personas para quienes su presencia
se volvió parte de la vida cotidiana. Daniela Schossler, coordinadora de la
Alianza del Pastizal en Uruguay, fue una de esas personas cercanas que lo
acompañó no solo en el trabajo, sino también en los días más difíciles. Esa
dimensión afectiva no es un detalle menor. Ayuda a entender por qué su ausencia
no se siente solo como institucional, sino también profundamente humana y
cercana.
Conservar nunca ha sido sencillo. Mucho menos desde organizaciones
profundamente locales que con frecuencia deben trabajar con recursos limitados,
estructuras pequeñas y una enorme dependencia del compromiso humano de quienes
las sostienen. En una red tan diversa como la de BirdLife International, donde
conviven grandes organizaciones internacionales con grupos de base local y un
enorme conocimiento del campo, Adrián representaba precisamente esa otra
dimensión de la conservación: la que se construye desde la cercanía, la
persistencia, el buen humor y las relaciones humanas de largo plazo.
Lo curioso es que al final, el impacto no siempre es proporcional al
tamaño de una estructura. A veces nace de personas capaces de conectar mundos
distintos y de sostener conversaciones que otros considerarían imposibles. A
veces se mide en términos de acuerdos, proyectos y programas, pero también en términos
de confianza. En productores que abren las puertas de sus hogares. En niños que
aprenden a observar aves con curiosidad y alegría. En nuevos naturalistas que
descubren un ecosistema. En campos que empiezan a ser entendidos desde una
complejidad más amplia que la de la productividad inmediata.
En el caso de Adrián, ambas dimensiones coexistían. Estaba el impacto
visible: su trabajo con Aves Uruguay, su participación en la Alianza del
Pastizal junto a organizaciones de Argentina, Brasil y Paraguay, su impulso al
aviturismo, su articulación con productores, su participación en mesas técnicas
y proyectos de conservación. También estaba el impacto menos fácil de medir: la
manera en que ayudaba a que personas muy distintas se encontraran alrededor de
una misma mesa y una misma visión, casi siempre atravesadas por el humor.
Quienes trabajaron cerca de él recuerdan especialmente su capacidad para
tender puentes. Su forma de escuchar. Su disposición a colaborar cuando sentía un
propósito compartido. Su convicción de que los pastizales no podían entenderse
únicamente desde la perspectiva de la biodiversidad, sino también desde la de
las personas que los habitan, trabajan y protegen.
También recuerdan algo más difícil de describir: su presencia. Los
binoculares siempre cerca. La capacidad de entusiasmarse genuinamente por un
ave, un paisaje o una conversación jocosa inesperada. La mezcla poco común de
observación silenciosa y de comentarios profundamente lúcidos y graciosos. El
humor constante. La sensación de que detrás de cada recorrido siempre había
algo más que mostrar, algo más que entender.
Su muerte, ocurrida a los 57 años tras un grave cuadro infeccioso, no
debería convertir su historia en una lectura amarillista ni en una historia de
sacrificio, pero sí deja una reflexión difícil de esquivar: hay vidas
profesionales que no se ejercen desde la distancia. La conservación de campo se
vive con el cuerpo entero: en caminos, madrugadas, reuniones, cansancio, clima,
barro, decisiones difíciles y en una exposición constante a aquello que se
intenta comprender y cuidar. En Adrián, esa intensidad no era una pose.
Era una forma de estar en el mundo.
Su mundo.
Por eso, su ausencia golpeó con fuerza tanto en nuestra alianza
internacional como en la comunidad de conservación del Cono Sur. Más allá de
los proyectos, Adrián parecía encarnar una forma particular de relacionarse con
el mundo: una en la que la conservación se daba desde la cercanía humana, el
conocimiento compartido y la construcción paciente de la confianza.
Ahora, mientras la Alianza del Pastizal se acerca a sus 20 años, esa
reflexión adquiere un sentido aún mayor. Un aniversario así suele ser motivo de
celebración. Debe serlo, pero también puede ser una pausa para reconocer a
quienes hicieron posible que una idea se volviera red, práctica, conversación,
legado y cultura compartida. Adrián fue parte de esa historia. No como una
figura decorativa del pasado, sino como alguien cuya visión sigue presente en
la forma en que muchas personas entienden hoy el valor de los campos naturales.
Las redes sobreviven gracias a personas que dejan algo más profundo que los
resultados inmediatos. Personas que ayudan a otros a mirar de manera distinta.
Que forman nuevas generaciones de amantes y defensores de la naturaleza,
conectando actores que antes no se escuchaban. Que convierten una visión en una
cultura viva.
Mi fondo de pantalla tiene una frase que siempre me invita a reflexionar
sobre mi rol y mi huella: “Un día, cuando no estés, serás lo que hiciste”.
Quizás ahí habite parte del legado de Adrián Stagi.
En las personas que siguen observando aves gracias a él. En los campos
recorridos. En las conversaciones que abrió. En los vínculos que ayudó a
construir. En la forma en que tantas personas aprendieron a entender los
pastizales no solo como un ecosistema, sino también como una red viva de
relaciones humanas, culturales y ecológicas que vale la pena cuidar. También en
esa certeza silenciosa de que algunas personas, incluso después de irse,
continúan ayudándonos a mirar el mundo de otra manera.